Han transcurrido cuarenta y dos años desde que, en las profundidades de la selva Lacandona, se fundara el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Este movimiento rebelde, estalló en la conciencia mundial el 1 de enero de 1994, con el grito de «¡Ya Basta!» contra el olvido, la opresión y la miseria impuesta por el sistema, englobado por un tratado de comercio que ahorcaba a los campesinos. Más que una insurrección meramente militar, el EZLN se erigió como la voz colectiva de los pueblos originarios de Chiapas, interpelando a México y al mundo sobre la injusticia, el racismo y la necesidad de un cambio radical que reconociera la dignidad y los derechos de los pueblos originarios. Su levantamiento marcó un punto de inflexión en la historia contemporánea de México.

La esencia de la lucha zapatista se ha materializado en la construcción de la autonomía en sus territorios. Lejos de esperar soluciones del gobierno, han edificado su propio sistema de autogobierno, con las Juntas de Buen Gobierno como su máxima expresión, donde las comunidades deciden sobre sus asuntos mediante asambleas.

En estos más de cuatro décadas, su trabajo en las comunidades ha sido monumental: han creado sistemas de salud y educación propios, basados en su cosmovisión y en respuesta a las carencias estatales; han impulsado proyectos productivos colectivos, especialmente de café y artesanías, bajo principios de economía solidaria; y han fomentado la participación política de las mujeres, transformando profundamente las estructuras comunitarias.

Sin embargo, este camino de autonomía no ha estado exento de una constante hostilidad. Los zapatistas han enfrentado una guerra de baja intensidad, caracterizada por la militarización de sus territorios, la presencia de grupos paramilitares—con episodios trágicos como la masacre de Acteal en 1997—y el hostigamiento de los distintos niveles de gobierno. En los últimos años, esta ofensiva se ha recrudecido con el avance de proyectos extractivistas y mega turísticos, así como con el despojo de tierras recuperadas por comunidades bases de apoyo zapatistas, ejecutado por grupos armados afines a los intereses de los caciques locales. Estos ataques buscan fracturar su organización, desgastar su resistencia y arrebatarles el control sobre sus recursos y territorios.

A 42 años de su fundación, el EZLN perdura, no como un ejército convencional, sino como un faro de resistencia anticapitalista y una demostración práctica de que «un mundo donde quepan todos los mundos» es posible. Su legado trasciende las fronteras de Chiapas, inspirando a movimientos sociales globales. Pese a la embestida sistemática, su fortaleza reside en la organización comunitaria, la coherencia con sus principios y la convicción de que la autonomía no es un fin, sino un proceso colectivo y en permanente construcción, defendido día a día en las montañas del sureste mexicano.


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